En algún momento de temprana infancia me regalaron un cochecito naranja mercedes benz, alas de gaviota, hermoso realmente. El hecho de que funcionara con baterías me intrigó sobremanera, así que manos a la obra! Al desarmarlo extraje una bobina que generaba el movimiento y la instalé en una lanchita haciéndola navegar en el lavadero de la casa. Ya animado con el éxito obtenido, busqué mi primera calculadora de micky mouse para ver cómo era que sumaba, restaba. Ahí me topé con circuitos integrados setenteros…. Ambos eventos, además de causar problemas con mis padres, proyectaron visiones en las que ya de grande me veía como todo un ingeniero que construía robots, naves espaciales…
En vacaciones de verano mi papá, consciente del mundo moderno y los retos del mismo, me hacía fungir como ayudante cuando afinaba el safari. Así, le pasaba pinzas, iba por agua para la batería, desarmaba piezas, observaba cómo él, basado en un libro de mecánica para Volkswagen, hacía y deshacía, cambiaba bujías, aceite…
Sin embargo, nunca me le pegué cuando quiso ensenarme el oficio de carpintería ya que para entonces el gimnasio era prioridad máxima, los campeonatos de atletismo se acercaban y el cuerpo distaba mucho de Carl Lewis, el famoso hijo del viento.
La inquietud estaba sembrada…Edison, Marconi, Pasteur, Da Vinci….devoré sus biografías y emergió en mí la idea de que el camino de la ingeniería sería lo mío.
Hace un mes haciendo el mandado encontré la mesa perfecta para el televisor. Con entusiasmo la adquirí para darme cuenta bastante tarde que la oferta cede en precio para que el hábil usuario arme el mueble.
No big deal, después de repasar mentalmente el herramental disponible, caí en la terrible conclusión de que iba derechito a la guerra sin armas. Encaminé mis pasos hacia el especializado supermercado de herramientas: Homemart. Allí, en esa gigante ferretería, me surtí de los juguetes indispensables para todo hombre: taladro, conexiones eléctricas, flexómetro, brocas…
Ya en casa, con 40 grados a la sombra, desempaqué la mesa, saqué una por una las diversas piezas de la mesa, los millones de tornillos y las múltiples e in iteligibles hojas que pretendían ser un instructivo. Pasados unos cuarenta minutos de total concentración combinado con sudor estilo bano sauna, decidí dejar esta tarea para ocasiones más benévolas, digamos, bicentenario de la independencia, paso del cometa Halley, retorno del cordero…
Para ser admitido al taller de electricidad, allá en la época de ochentera secundaria era indispensable superar varias pruebas, todo debido a la alta demanda de pubertos con sueños ingenieriles. La electrizante primera prueba fue recibir unos choques eléctricos en los dedos de la mano para desanimar a los miedosos (oh, sí!) y divertir a los camaradas espectadores incluído al maestro. La siguiente era plasmar en papel una mesa de trabajo del taller y la tercera consistía en doblar entre sí unos alambres con unos alicates.
Estoicamente sorteé la primera, garabateé la segunda y…… zaz! Houston llamando a tierraaaaa……resultado negativo con la tercera. Ahí, en ese momento preciso, debí reconocer y aceptar muchas cosas, quizás la prematura edad nubló mi juicio.
Después de desdeñar el trazo que hice de la mesa, contemplar los alambres sin doblar entre sí, me miró el profesor y con un aire de desprecio, asco infinito ante la inutilidad del ser que tenía frente a él sentenció lapidariamente: “vaya a otro taller”.
Frustrado, decaído, con miles de bytes desdibujando las sinapsis más elementales de mi cabezota, salí del salón y los pies me dirigieron a la primera puerta que encontré. Entré, sin meditar lo que hacía, miré abatido los restiradores y después de unos mini trámites fui aceptado en el glorioso cuerpo de dibujo técnico industrial. Figuras tales como tornillos, engranes, hipérbolas, esquemas, perspectivas, lay out esperaban por tres anos.
Pasado un tiempo de trazos y más trazos llegó el momento en que comenzamos a manejar tinta china. Fue un fatídico lunes, ocasión para lucir el uniforme de gala y rendir honores a la bandera. Coloqué el frasco de tinta sobre el restirador inclinado, que como Newton predijera sabiamente, resbaló y derramó su contenido sobre mí uniforme.
Nunca logré alcanzar algún 10 en dibujo, repito, nunca. No era lo mío, como ya había corroborado la derrota del taller de electricidad y si me quedase duda, con el baño de tinta.
En otra ocasión continuando con mi cavernario instinto de Handy man quise arreglar la cisterna del escusado que se había dañado. Sin leer instrucciones y sin tener la más remota idea del funcionamiento del mismo, me di a la tarea de desarmarlo, recibiendo un chorro de agua directo a los ojos, que me hizo caer mientras éste alcanzo hasta el techo, derramando líquido por doquier.
Cual cascada, alcanzó la habitación donde alcanzó un rincón, humedeció varios de mis libros favoritos, entre ellos, las máquinas de Da Vinci.
Todo salió mal.
En un momento de total iluminación tomé las piezas de la mesa, las regresé a la caja, subí al coche y estuve peinando las colonias aledañas al fraccionamiento donde vivo. Encontré una carpintería y zaz! Entre tres personas armaron la mesa por la módica cantidad de 150 pesos.
Aprendí hasta ahora la lección.