Espejismos.

Qué somos, sino tan solo espejismos de los otros?
Espejismos donde ven lo que quieren ver,
pálidos reflejos de ensuenos,
retratos quizás,
de algunas líneas,
que una trémula mano,
enhebró sin piedad,
o tal vez de sinsentido,
que creemos tangible
y presume el latido al final
que somos espejismos de los otros...
Vértigo I.

Todo giraba, de izquierda a derecha, a una velocidad digamos, una rayita más del nivel pausado, sin ritmo ya. Al intentar caminar, parecía como si estuviese debajo de una campana de la independencia gigantesca repicando, lo que obligaba a cada paso a tambalear el cuerpo izquierda a derecha, una y otra vez, y si la cabeza era erguida se anadía el repetitivo giro visual de arriba abajo, abajo arriba como rueda de la fortuna sin fin.
Siendo bebé se experimentan los primeros pasos erguido, tambaleante, diferencia simbólica que nos separa de los camaradas primates. Ahora llega el recuerdo de esa sensación, de ese gran paso para la humanidad, de ese correr hacia los brazos de la madre que sonriente está atenta a que el crío no azote su esencia en las baldosas.
Todo gira de nuevo, cual retorno a la infancia, cual avión herido en combate, sin remedio.
Habrá que detener al mundo y bajarse ya, como rezan en sudamérica, o simplemente, habrá que saltar al tunel del tiempo y listo.
Maite zai tut

Toda feria del libro esconde nuevas maneras de seducir, de embrujar, de atolondrar, siempre se presentan con más o menos metros cuadrados, con mayor o escaso bullicio, con espectaculares o tímidos eventos análogos, y siempre, siempre al final, terminan por heredar una lista de páginas a devorar.
Suelo afrontar cada feria literaria como me he conducido al conocer una nueva ciudad. Me explico: dejándome fundir entre sus calles para reconocer paso a paso sus olores, ruidos, paredes, su esencia, su rostro sonriente y oculto. La otra manera, más mesurada, es a través de guías o mapas que con anticipación interiorizo, desenhebro, reconstruyo para llegado el momento, hacer rendir los granos de arena del reloj de la vida.
Pongo como ejemplo dos ciudades que inician con “B”: Buenos Aires y Bangkok, ambas disímbolas, como fue la manera de acariciarlas, de observarlas, de sentirlas, de amarlas.
Bangkok requirió de mapas, libros explicativos que permitieron bajar a un plano cartesiano esa fusión que impregna el río Chao Praya a ambas orillas, donde a cada pier se toman las veloces embarcaciones cuales bondis, aparecen siempre repletos de cotidianos transeúntes que se desviven por llegar a tiempo a sus compromisos. El río exhibe su cara más fétida y pobre y alegre y vibrante, un mercado en balsas, rodeado de casas flotantes, a medio derruir, paraíso cautivo para las nikon y canon. En otro sector, los tuk tuks zigzaguean entre el tráfico y el aroma a gasolina, conectando los palacios y jardines reales con las zonas de rascacielos y malls gigantescos.
En la afamada calle Corrientes cuenta la leyenda que alguna especial noche de luna, las 1001 librerías vecinas de 1001 teatros y de 1001 cafeterías, se ponen sus mejores galas, toman la calle, la invaden con sus mejores armas: sillones, música y jolgorio y presumen a sus anchas la vendimia cual zoco marroquí con sabor a candombre. Buenos Aires se decanta gota a gota, libro a libro, tango a tango…
Recorriendo los pasillos de la feria del libro en Monterrey me topé con algunas ediciones interesantes de la serie “ciencia que ladra”, adquirí algunos para completar la colección que inicié en Av. Corrientes hace ya un par de años. Conseguí una edición en alemán de “la metamorfosis” y al dar la vuelta emergió un stand que entre otras cosas, mostraba un cartel sobre la próxima película de “Boogie el aceitoso”, excelente personaje creado por Fontanarrosa y que de niño fiel seguidor fui.
El mejor paseo en catamarán por el río Chao Praya fue sin duda en la ocasión en que, gozando del buen uso del libro guía sobre Tailandia, encontré un pequeño apartado con información sobre elegantes cenas navegando de un extremo a otro del río. Vía internet, separé un par de lugares a pesar de estar aún a miles de kilómetros de distancia. No pudo ser mejor la idea, sin el email no nos hubieran dejado abordar siquiera. Bajo una ola de calor navegamos hasta el puente Rama IV y apreciamos tanto de ida como de regreso la fastuosidad de los iluminados palacios imperiales y el espectacular templo con sus cinco torres: Wat Arun.
Nuestra charla fue amena, virando del estupor, pasando por el terrible calor hasta recaer en las responsabilidades de amar. Según Lily: ‘’decir te amo cuando realmente se hace, engrandece a la persona”. Mi réplica consistió en ese entonces que eso era el equivalente a andar pagando un arancel de por vida.
Alejandro Dolina escribió en su afamado libro “Crónicas del ángel gris” sobre los amores imposibles. Aprovechando la única ocasión al año en que un sillón mullido reposa bajo los semáforos de la avenida Corrientes comencé a hojear la obra del argentino que deleita con cada página los embates, los avatares y los vaivenes con las morochas y rubias de un rincón, el barrio de Flores en Buenos Aires.
Había ido una tarde a la biblioteca de la universidad por unos libros que necesitaba para descifrar los misterios de la bolsa de valores, examen en puerta y yo sin distinguir la diferencia entre un mercado bull o bear. Allí me encontré con Laura, quien de ipso facto se unió a mi causa y nos ubicamos en una cómoda mesa con pícaras lamparitas Realmente no estudiamos nada, con las consecuencias adversas que el futuro entonces nos acarreó, sin embargo, pasamos una velada de charla ininterrumpida, que viró de las diferencias culturales vascas y mexicanas al amor, terminando yo por aprender en Euskera el significado de “maite zai tut” y vivir en carne propia esa experiencia.
"De cada mil personas que acaso pasen por esa puerta acaso nos conmueva solamente una. Del mismo modo, quizá solo una entre las mil tenga a bien impresionarse con nosotros. La cuenta es sencilla: sin contar percepciones engañosas y desilusiones posteriores, la posibilidad de un amor correspondido es de una en un millón”, explica Dolina. Levanto la vista, el bullicio prosigue en Corrientes, la librería Gandhi tiene una cara diferente, de feria, lugar mágico. Me levanto del sillón y me pierdo entre la multitud de cazadores de libros.
Pasando el stand donde Boogie el aceitoso mira con desprecio, está la puerta que dirige hacia el pasillo donde se ubica una exposición de España, con fotos de revistas del franquismo, libros no publicados en México, y entre ellos, me hace guiños uno para niños, escrito en Euskera. La curiosidad estira mi mano para hojearlo, en busca de algo, alguna palabra, frase que conecte con la nebulosa del recuerdo de mis gloriosos días en país vasco, y encuentro, ahí, en la feria del libro, ahí mismo, “Maite zai tut”.
Handy man

En algún momento de temprana infancia me regalaron un cochecito naranja mercedes benz, alas de gaviota, hermoso realmente. El hecho de que funcionara con baterías me intrigó sobremanera, así que manos a la obra! Al desarmarlo extraje una bobina que generaba el movimiento y la instalé en una lanchita haciéndola navegar en el lavadero de la casa. Ya animado con el éxito obtenido, busqué mi primera calculadora de micky mouse para ver cómo era que sumaba, restaba. Ahí me topé con circuitos integrados setenteros…. Ambos eventos, además de causar problemas con mis padres, proyectaron visiones en las que ya de grande me veía como todo un ingeniero que construía robots, naves espaciales…
En vacaciones de verano mi papá, consciente del mundo moderno y los retos del mismo, me hacía fungir como ayudante cuando afinaba el safari. Así, le pasaba pinzas, iba por agua para la batería, desarmaba piezas, observaba cómo él, basado en un libro de mecánica para Volkswagen, hacía y deshacía, cambiaba bujías, aceite…
Sin embargo, nunca me le pegué cuando quiso ensenarme el oficio de carpintería ya que para entonces el gimnasio era prioridad máxima, los campeonatos de atletismo se acercaban y el cuerpo distaba mucho de Carl Lewis, el famoso hijo del viento.
La inquietud estaba sembrada…Edison, Marconi, Pasteur, Da Vinci….devoré sus biografías y emergió en mí la idea de que el camino de la ingeniería sería lo mío.
Hace un mes haciendo el mandado encontré la mesa perfecta para el televisor. Con entusiasmo la adquirí para darme cuenta bastante tarde que la oferta cede en precio para que el hábil usuario arme el mueble.
No big deal, después de repasar mentalmente el herramental disponible, caí en la terrible conclusión de que iba derechito a la guerra sin armas. Encaminé mis pasos hacia el especializado supermercado de herramientas: Homemart. Allí, en esa gigante ferretería, me surtí de los juguetes indispensables para todo hombre: taladro, conexiones eléctricas, flexómetro, brocas…
Ya en casa, con 40 grados a la sombra, desempaqué la mesa, saqué una por una las diversas piezas de la mesa, los millones de tornillos y las múltiples e in iteligibles hojas que pretendían ser un instructivo. Pasados unos cuarenta minutos de total concentración combinado con sudor estilo bano sauna, decidí dejar esta tarea para ocasiones más benévolas, digamos, bicentenario de la independencia, paso del cometa Halley, retorno del cordero…
Para ser admitido al taller de electricidad, allá en la época de ochentera secundaria era indispensable superar varias pruebas, todo debido a la alta demanda de pubertos con sueños ingenieriles. La electrizante primera prueba fue recibir unos choques eléctricos en los dedos de la mano para desanimar a los miedosos (oh, sí!) y divertir a los camaradas espectadores incluído al maestro. La siguiente era plasmar en papel una mesa de trabajo del taller y la tercera consistía en doblar entre sí unos alambres con unos alicates.
Estoicamente sorteé la primera, garabateé la segunda y…… zaz! Houston llamando a tierraaaaa……resultado negativo con la tercera. Ahí, en ese momento preciso, debí reconocer y aceptar muchas cosas, quizás la prematura edad nubló mi juicio.
Después de desdeñar el trazo que hice de la mesa, contemplar los alambres sin doblar entre sí, me miró el profesor y con un aire de desprecio, asco infinito ante la inutilidad del ser que tenía frente a él sentenció lapidariamente: “vaya a otro taller”.
Frustrado, decaído, con miles de bytes desdibujando las sinapsis más elementales de mi cabezota, salí del salón y los pies me dirigieron a la primera puerta que encontré. Entré, sin meditar lo que hacía, miré abatido los restiradores y después de unos mini trámites fui aceptado en el glorioso cuerpo de dibujo técnico industrial. Figuras tales como tornillos, engranes, hipérbolas, esquemas, perspectivas, lay out esperaban por tres anos.
Pasado un tiempo de trazos y más trazos llegó el momento en que comenzamos a manejar tinta china. Fue un fatídico lunes, ocasión para lucir el uniforme de gala y rendir honores a la bandera. Coloqué el frasco de tinta sobre el restirador inclinado, que como Newton predijera sabiamente, resbaló y derramó su contenido sobre mí uniforme.
Nunca logré alcanzar algún 10 en dibujo, repito, nunca. No era lo mío, como ya había corroborado la derrota del taller de electricidad y si me quedase duda, con el baño de tinta.
En otra ocasión continuando con mi cavernario instinto de Handy man quise arreglar la cisterna del escusado que se había dañado. Sin leer instrucciones y sin tener la más remota idea del funcionamiento del mismo, me di a la tarea de desarmarlo, recibiendo un chorro de agua directo a los ojos, que me hizo caer mientras éste alcanzo hasta el techo, derramando líquido por doquier.
Cual cascada, alcanzó la habitación donde alcanzó un rincón, humedeció varios de mis libros favoritos, entre ellos, las máquinas de Da Vinci.
Todo salió mal.
En un momento de total iluminación tomé las piezas de la mesa, las regresé a la caja, subí al coche y estuve peinando las colonias aledañas al fraccionamiento donde vivo. Encontré una carpintería y zaz! Entre tres personas armaron la mesa por la módica cantidad de 150 pesos.
Aprendí hasta ahora la lección.
El mar III

Publicado en un diario de circulación nacional:
El sueno de un joven se torna realidad: conocer el mar........a costa de la memoria.
Qué tiene de especial el que alguien desee ver el mar?
El hombre, de apellido Jones, en honor de cumplir el deseo de su padre, salió de su hogar a recorrer los 500 kilómetros que separan su pueblo de Puerto Ordaz. Sin cambios de ropa y con poco dinero en el bolsillo, cruzó montanas y durmió a la intemperie, todo para lograr su objetivo.
Vecinos de una de las localidades donde fue visto explicaron a este diario que "se le veía muy animado, recibía con alegría y un poco de vergüenza los bocadillos que le preparamos y como agradecimiento nos regaló una hora tocando el viejo violín del abuelo". Y es que este joven es egresado de la Escuela Nacional de Bellas Artes, especialidad en música, con mención honorífica.
Jones fue encontrado tendido en la playa, al parecer después de sufrir un accidente que borró su memoria, pasó un tiempo internado hasta que al ser trasladado a un hospital psiquiátrico escapó, buscó refugio en un bar y dio un magistral concierto tocando el piano del lugar. Fue reconocido por un comensal y tras las gestiones necesarias se dio aviso a sus familiares que viven a 250 kilómetros de Puerto Ordaz. Al parecer, no reconoce a nadie aún, pero eso sí, no olvidó la promesa hecha a su padre ya fallecido ni mucho menos cómo deleitarnos con su música interior.
La mer II

-No tienes idea mijo, dicen que su aroma se percibe a kilómetros y kilómetros de distancia, que puedes dormir arrullado con sus movimientos y que cuando se encrespa, golpea furiosamente sobrepasando sus límites. Por las noches se tranquiliza y hace bailar a la misma luna en su espejo, hasta que la otra, tímida, sonríe. Muchos han decidido dedicar su vida a él y alimentan a sus familias con sus frutos, en ocasiones arriesgan la vida y llegan a lugares muy, muy lejanos. ¿Sabes? muchos antigüos tesoros están ocultos bajo su manto, símbolos de otros tiempos y ejemplo de que la codicia no ha cambiado. Nunca tuve oportunidad de conocerlo, algún día iremos, mijo, algún día...-..............................................................................................................................................................................................................................................................................................................................
Pasados unos meses, ningún médico pudo hacer hablar al solitario náufrago, por lo que decidieron enviarle a un hospital psiquiátrico, donde encontraran una solución o por lo menos, otro mecenas para mantener al mudito loco.
Al pasar por el lobby del hotel, el joven puso atención inusitada hacia una ventana que daba a la calle, presto, salió corriendo haciendo que sus acompañantes le persiguieran para no perderlo. El joven cruzó la calle, entró a una sucia cantina y se detuvo frente a un piano Steinway, de media cola. Acarició con su mirada y después con su mano el lomo del mismo, comunicándole su sentir, su dolor...
Tomó asiento y comenzó a tocar maravillosamente, con una ejecución virtuosísima que dejó impactados a los comensales y a los perseguidores que en ese momento arribaban; la música rebotaba en paredes, endulzando cristales, derritiendo vanidades, acrecentando regocijos.
Das Meer

A lo lejos, sobre la playa yacía un bulto negro, desparpajado, inerme. Una persona del autobús turístico, tomó sus miralejos, tosió un par de veces, enfocó y detuvo el aliento un par de segundos, quizás tres. El objeto dejó de ser un bulto para transformarse en una húmeda gabardina que presumía dedos y cabello despeinado. Era un hombre probablemente herido o muerto.
A gritos pidió al chofer detener el autobús, aclarando su descubrimiento que más tarde postearía en alguna red social de la web como una inolvidable anécdota.
Varios bajaron y corrieron entre las piedras, arena y basura hacia el inerte cuerpo con la esperanza de ser héroes y salvarle. Respiraba aún, entonces ni tardos ni perezosos lo tomaron en sus brazos y llevaron hacia el chiringuito más cercano para tratar de reanimarle. Una femenina mente práctica pidió una ambulancia, que a pesar de lo accidentado de la península, arribó antes de lo esperado. Para ese entonces el náufrago había abierto los ojos y tosido, demostrando que aún quedaban años que existir. De unos 38 años, complexión delgada, ojos brillantes y tristes a la vez.
Quizás el calor, el agua salada, los golpes sufridos, no le permitían hablar. Carente de identificaciones, de dinero, solo se limitaba a atesorar con los ojos el mar, a pesar de los esfuerzos de los enfermeros y médicos porque les prestase atención. Su mirada mostraba un áura de desenfado, nostalgia profunda.
Hospital, alimentos, curaciones. Pasaron un par de semanas y seguía sin emitir palabra alguna, hubo quienes intentaron el lenguaje de los sordomudos pero él no prestaba atención y solamente comía para inmediatamente terminado, tomar una silla, colocarla frente a la ventana y sentarse a disfrutar del mar toda la tarde, siendo que a veces, meneaba tímidamente la cabeza al ritmo de las olas cuando hasta allí escurría el murmullo de lo inmenso.
En ocasiones de tormenta se acercaba con ansiedad, abría más los ojos y admiraba los quejidos del trueno, la danza de las nubes, el olor de la tormenta.
Por razones humanitarias el director del centro médico cedió una habitación para él solo, al mismo tiempo que su foto aparecía ya en los periódicos locales solicitando ayuda para identificarlo y para secretamente deshacerse de él. Por otro lado, las enfermeras estaban encantadas con el desconocido, sin tener una remota idea siquiera de las sorpresas que guardaba para sí el misterioso náufrago de un navío jamás siniestrado.
Tirano es el tiempo.

Me besas, sí, lo haces desde la distancia que limita tu aliento más no tus deseos, tus ansias de verme, de moverme, de saciarme. Mi cuello echa de menos tus dientes, mientras te crucifijas en las manecillas del reloj, donde cada tic tac estremece tus alas, y la niña que en ti vive, desgrana los frutos del árbol dejando correr los manantiales del tiempo en espera del invierno y de los fabulosos regalos de la temporada. Me esperas y no llego, me llamas y duermo, vuelas y aterrizo... ¿qué pasa? desincronía total, para atizar los fuegos de los escasos encuentros, de las pocas fugas, de las olvidadas meditaciones.
Acaricias tus recuerdos, atesoras latidos, mientras extiendo mi mano entre sueños, infinitos sueños, para tocar tu mejilla.
redacto alguna lokura....
tus labios marchitan mi sangre
tus venas palpitan tu perfume destroza palacios tus ojos dominan almas estrictas mis lágrimas pulen tus sueños tus cantos mecen mis naves los huracanes te temen los hielos se sonrojan ¡Basta! Vení a por mí y derrama tu alma.
Καλλιόπη

Me enamoré de Calíope de la misma manera en que, en otra época y con otra piel, un jovencillo de secundaria se enamoró de Meletea, así fue.
El teatro estaba solo, aún no iniciaba el concierto, los amigos charlaban sobre temas propios de la edad, cuando, al acercarse a la taquilla, sus ojos se entrecruzaron con los de ella, donde encontró ese momento en el cual el tiempo se detiene y el universo conspira en contra del sentido común, en contra de las leyes de la física y atolondra los corazones de incautos.
Calíope tuvo claros sus pensamientos, conocía la ubicación de la mesa dentro del restaurante, así que con paso firme, sonrió, y dirigió su rumbo hacia donde yo disfrutaba de la cena. Giré, y percibí primero una exquisita figura femenina, paso a paso y en slow motion despedía intensos colores a su lado y su alrededor comenzó a desaparecer amplificando mil veces su presencia, como si ella emergiera de una vorágine de luces en forma de túnel y en el preciso momento, no segundos antes ni después, sus ojos se posaron sobre los míos, desarmando, destruyendo, mutando, como un virus que borra el disco duro de la memoria o como el tsunami cuyas aguas limpian la inerme, cálida y distraída arena.
El joven, ignorante de los preceptos más básicos del amor se encaminó a la taquilla y desorientado cuestionó a la chica con lo primero que arribó a su mente. Entre sonrisas, ella explicó de qué iba el concierto, mientras él, no dejaba de mirarla con una intensidad inusitada, desconocida hasta ese momento por ambos, lo que provocó que unas mejillas pasaran del rosado a un ligero carmín, comparable a un efímero pinot noir, entre cereza y madurita ciruela.
Calíope acompañó mi cena, el corazón quería romper el esternón y pintar un surrealista-mexicano cuadro con venas entrelazadas contra un espejo…reflejo de lo imposible.
Desencuentros en el antro, encuentros entre amigos, visitas, bodas, salidas, el hada verde pudo unirnos pero una vez más, sí, al final, terminamos separados, con destinos no tangentes deconstruidos, y solo recuerdos y futuros 16 y escaleras a ningún lado y manecillas sin reloj y puentes sin ríos y hojas sueltas sin pasta y notas sin instrumento que así quedaron. Un pedazo de eternidad, fue su regalo, la eterna.
Meletea, inconsciente de la semilla que la mirada del joven sembró en su iris, jugó un papel crucial en las páginas en blanco pendientes por escribir.
