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DUNKELSEELE

Καλλιόπη

Καλλιόπη

Me enamoré de Calíope de la misma manera en que, en otra época y  con otra piel, un jovencillo de secundaria se enamoró de Meletea, así fue.

El teatro estaba solo, aún no iniciaba el concierto, los amigos charlaban sobre temas propios de la edad, cuando, al acercarse a la taquilla, sus ojos se entrecruzaron con los de ella, donde encontró ese momento en el cual el tiempo se detiene y el universo conspira en contra del sentido común, en contra de las leyes de la física y atolondra los corazones de incautos.

Calíope tuvo claros sus pensamientos, conocía la ubicación de la mesa dentro del restaurante, así que con paso firme, sonrió, y dirigió su rumbo hacia donde yo disfrutaba de la cena. Giré, y percibí primero una exquisita figura femenina, paso a paso y en slow motion despedía intensos colores a su lado y su alrededor comenzó a desaparecer amplificando mil veces su presencia, como si ella emergiera de una vorágine de luces en forma de túnel y en el preciso momento, no segundos antes ni después, sus ojos se posaron sobre los míos, desarmando, destruyendo, mutando, como un virus que borra el disco duro de la memoria o como el tsunami cuyas aguas limpian la inerme, cálida y distraída arena.

El joven, ignorante de los preceptos más básicos del amor se encaminó a la taquilla y desorientado cuestionó a la chica con lo primero que arribó a su mente. Entre sonrisas, ella explicó de qué iba el concierto, mientras él, no dejaba de mirarla con una intensidad inusitada, desconocida hasta ese momento por ambos, lo que provocó que unas mejillas pasaran del rosado a un ligero carmín, comparable a un efímero pinot noir, entre cereza y madurita ciruela.

Calíope acompañó mi cena, el corazón quería romper el esternón y pintar un surrealista-mexicano cuadro con venas entrelazadas contra un espejo…reflejo de lo imposible.

Desencuentros en el antro, encuentros entre amigos, visitas, bodas, salidas, el hada verde pudo unirnos pero una vez más, sí, al final, terminamos separados, con destinos  no tangentes deconstruidos, y solo recuerdos y futuros 16 y escaleras a ningún lado y manecillas sin reloj y puentes sin ríos y hojas sueltas sin pasta y notas sin instrumento que así quedaron.  Un pedazo de eternidad, fue su regalo, la eterna.

Meletea, inconsciente de la semilla que la mirada del joven sembró en su iris, jugó un papel crucial en las páginas en blanco pendientes por escribir.

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