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Cartas Náuticas I. Ang Thong I

Cartas Náuticas I.   Ang Thong I

Sobresalen como dientes de dragón, irregulares y filosas, de entre las turquesinas olas del golfo de Tailandia, islas, muchas islas, antes zona de bucaneros que reposaban sus fechorías y ahora territorio  para aventureros sin remedio, y uno que otro mimado inexperto.

Doce metros de largo constituía la embarcación. Rudimentaria, claro, pobre como sus duenos, frágil, frágil para aguas que ocasionalmente danzan a compases de tsunamis. Tres turistas, dos guías y tres aventureros se dirigen al exuberante y denso grupo de 41 islotes deshabitados. Un día antes, el clima suspiró un leve aliento de monzón y cubrió de lluvia Ko Phan Ngan, Ko Samui y al archipiélago entero, impidiendo cualquier delirio de navegación. Ahora, zarpan infatigables con dirección hacia Ko Wua Talab (isla de la vaca durmiente).

La anterior y soporífera tarde de internet y lluvia, sopa de coco con mariscos y cerveza Shinga, aceleró las expectativas del recorrido. Cuatro aviones, un tren, un elefante, un autobús y un ferri fincaron las piedras de la travesía, sonrosaron a las agujas de la brújula, dislocaron las vértebras de la rutina y me aterrizaron en la lluviosa realidad de la playa al oeste de Ko Phan Ngan, donde me detuve a mojar los pies y refrescar ánimos, mientras enfoco y absorbo la seductora vista hacia el archipiélago. Laten aún en las venas de mi febril cabeza los flashes de aquél frío recorrido, tan distante en tiempo y tan cuánticamente cercano. A estas alturas, se han difuminado las fronteras entre inicio y fin, entre popa y proa, entre a babor y estibor. LPCH me juzga loco, a pesar de que secretamente ella entiende una porción de esto. Está un poco nerviosa por navegar tantas horas y un poco loquita, al aceptar seguir esta ruta en vez del turístico recorrido hacia el puente sobre el río Kwai. Es asombroso cómo ha cambiado de un tiempo para acá, dejó en casa las comodidades de nina de familia y se abrió paso entre murciélagos y aranas gigantes, para hoy por hoy, dedicarse a escalar paredes rocosas, algo que aún no he comenzado siquiera. Casualmente o no, es la companía que más ha viajado a mi lado, aguantando estoicamente o de perdis, juzgándome loco, los naturales momentos de necear y terquear que me nacen, y eso, es de admirarse.

Amanece despejado, viento favorable, todo apunta hacia el archipiélago. El grupo se muestra gustoso, todos quieren acción: mochilas listas, sandalias amarradas, navegantes a la vista!

 

 

 

 

 

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