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Cartas Náuticas II. Finisterra I.

Cartas Náuticas II. Finisterra I.

Cuando el café derramado escaldó el brazo de Mer, el mexicano estaba absorto mirando las olas que enigmáticamente dieron un giro inusual a la travesía, la cual comenzó a pendular estrepitósamente entre un paseo lanchero a una amenaza de naufragio, incluidas, claro, las ininteligibles maldiciones en holandés. El grupo de dicharacheros turistas argentinos calló súbitamente, agarrándose de donde pudieron. Brian, un americano con gorro peruano y con incontenibles síntomas de mareo, ayudó a Mer, quien seguía lanzando improperios a diestra y siniestra.

-El mar está picado! Che, tené cuidado!- Fueron las advertencias del capitán, quién seguía discutiendo que en éstas épocas otonales las ráfagas de gélido viento antártico llegan así de imprevisibles, dotando al mar de ese temido poder, que durante siglos, ha barrido con cuanta embarcación le apeteció.

Desde la proa se tiene una vista espectacular de Tierra del Fuego, las montanas nevadas, las nubes que oscurecen el paisaje y conspiran con la latitud de este rincón planetario para ensombrecer el viaje. Julio Verne describió en una de sus proféticas novelas al faro del fin del mundo, ubicado en los confines de la tierra, el cual ha sido confundido varias veces con aquél conocido como Les Eclaireus, que tristemente ha prevenido menos naufragios de los que en realidad se han dado cita en el peligroso, frío y espectacular canal Beagle, jordánicamente llamado así en memoria de una curiosa circunavegación que duró veinte anos por parte de un gran explorador, escritor y biólogo cuyo barco presumía precisamente ese nombre.

Tan solo a 540 millas náuticas de la inhóspita antártida y a cinco grados bajo cero, entre fronteras chilenas y Argentinas, navega el catamarán al lado de leones marinos, esquivando las irregularidades del fondo que en el mejor de los casos se transmutan en islotes y en el peor, en fatales salientes marinas que destrozan suenos, esperanzas, expediciones y recuerdos. 

Al inicio, todo era risas, bromas, incluso cánticos, el plan fue visitar las heladas islas habitadas por lobos marinos, rodear el faro y apreciar unas ruinas, asentamientos prehispánicos de una antigua aldea de habitantes, cuyas fogatas bautizaron a Tierra del fuego.

Los camaradas de viaje seguían azorrillados, aferrándose a donde podían, los balanceos de la nave fueron proporcionales al encrispado mar, una sensación de desamparo se apoderó del ambiente, mientras la guía y el capitán trataban inútilmente de tranquilizar a los pasajeros. Hasta entonces, nadie había emitido sonido alguno, cuando surgió la propuesta de detener al navío en la isla grande, para esperar que amaine el temporal. Oídos sordos, la trayectoria continuó sin titubeos hacia el faro. No es casual, que éste estrecho canal de agua, concentre historias de navegantes, aventureros y naufragios.

 

 

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