El horno de piedra.
La hambruna azotò al paìs tras doblar por ùltima vez las campanas de la guerra, guerra entre hermanos que dejò exiliados en Amèrica, poetas extraviados, monumentos al caudillo y hermanos divididos por el mismo Dios.
Siendo un niño Xavier viviò en carne propia la falta de alimentos. Hermano de cinco chiquitines y huèrfano de padre, en un paìs en ruinas y sin futuro cierto, siguiò el aroma que se colaba entre las estrechas calles del casco viejo de la ciudad, hasta dar con la ùnica panaderìa en los alrededores. Allì, se quedò mirando desde el pòrtico a la variedad de delicias que la vitrina presumìa. Josè, dueño del lugar, al darse cuenta del hambriento crìo, decidiò regalarle algo para comer e invitò Xavier a pasar.
Al ver el horno de piedra se dio cuenta de que ese era su destino: serìa panadero, asì, su hambre y la de sus hermanos desaparecerìa. Despuès de plantear sus deseos al dueño, èste accediò y le dio trabajo al pequeño. En principio eran tareas sencillas, pero poco a poco fue aprendiendo e oficio y cual alquimista, logrò con el paso del tiempo hacer los panes màs deliciosos de la ciudad.
Conocì a Xavi en el otoño de su vida, padre de dos guapas hijas y arrendatario del piso que ocupè en San Sebastiàn, durante mi tiempo de intercambio estudiantil. Algunos domingos me pasaba por su piso, les preparaba guacamole y èl me daba un aguardiente gallego mientras charlàbamos de España, polìtica, historia. Dentro de mi torpeza juvenil, le comentè que entrenaba atletismo en mis tiempos libres en Mèxico, y èl entonces me dijo que su vida habìa sido dura, sin tiempo para deportes y esparcimiento, para despuès invitarme a levantarme a las 4 de la mañana y acompañarlo a conocer los secretos de los fogones, las harinas, la vendimia. Nublado por las noches de marcha, los litros de kalimotxo, embriagado por las lecturas de la Universidad de Deusto le mentì afablemente de que antes de volver a mi tierra, le acompañarìa, cosa que, nunca sucediò. Despuès de dejar España, no volvì a saber de èl ni de su familia.
La semana pasada terminamos de construir el horno de piedra para la pizza boutique y al verlo, aùn antes de funcionar, el evocar la antigua invitaciòn de Xavier me hizo reflexionar còmo terminamos haciendo algo que en ocasiones, ya estaba en cierto modo sembrado dentro de nosotros, guardado en el rincòn de los recuerdos. Gracias Xavier.
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