Suena jazz, charlas de café....
Hoy me he descubierto melancólico al dedicar unos momentos a mí y no a las constantes tareas que enfrento día a día. Curiosamente, hace muy poco me di cuenta de algo innegable, que apenas empecé a sopesar: mi nómada espíritu.
Suena jazz, charlas de café flotan en el ambiente....finales de década, una vez más, y todo se respira tan monótono...tan monótono. Un par de enamorados ignora mi presencia y se dedica a lo suyo, abrazar, carinitos, sonrisas, besos furtivos.
El espíritu del nómada es contradictorio, apenas comienza a sentirse a gusto, a reconocer kioskos del periódico, a saludar al cartero, a saborear las delicias de los pintxos vascos cuando ya está caminando paranoicamente, cuidando el pasaporte, escudrinando miradas ajenas en musulmanes mal encarados, cruzando detectores de metal, afinando sinónimos, rezando a milenarios budas. Y de nueva cuenta, cuando ya la sopa es familiar, cuando la cerveza shinga gorgotea por la garganta, cuando las enchiladas placeras se volvieron cena obligada, ya aparecen las arepas, los bunuelos, las bandejas paisas y antes de que termine de engullirlas todas ya estoy de vuelta en los tacos de carne asada y la machaca con huevo. Mas grave es aún, el hecho de arrancar trozos cardiacos y dejarlos en bellos lugares, para con el resto, retornar a la base de la vida.
Cómo llamar esto?? Acaso podría titularse El extrano caso de un inquieto moreliano, que buscó en los lagos tailandeses, o en el trasiego de los zocos marroquíes, en los nevados andes o en la soledad de la Patagonia, una parte de sí mismo sin la cual probablemente nunca hubiera podido comprender del todo por qué escribía, por qué vivía.
Pasear entre los límites, fronteras creadas por el hombre, pareciera mi solitario destino. En el largo y aburrido inter, solo queda prenderse de los recuerdos mientras la próxima expedición se alista.
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