Crónicas malditas. El senor de los espíritus I
Los peregrinos.
Ojo, Se suele decir que el párrafo inicial de una novela es crucial para engatusar lectores.
Recuerdo vagamente lo que sucedió, cómo sigo aquí, dificultosamente respirando, desnudo, con ese tatuaje en el pecho… Resulta interesante cómo las personas no nos damos cuenta de que caminamos entre resquicios de planos diferentes, bifurcados todos y simultáneos a locura.
Si nadie se entera de lo que he vivido, no podré dejar algo para este mundo.
Todo comenzó un día común y corriente, sol abrasante, sin nubes en el cielo, viento cálido. En esta parte del mundo los bosques limitan en desiertos, así como las fronteras del saber se entrecruzan con desvaríos neuronales. Cabalgo en busca de una señal que guie mí camino, una brújula existencial, y es que desde que escapé de casa, he recorrido mundos en busca de algo que defina mi paso terrenal. Adelante, a lo lejos, diviso una peregrinación de hombres, que por su campaneante andar, se apreciaba claramente que eran fuera de este mundo.
Al acercar el trote observé su devoción a la tierra ofreciendo sus plantas descalzas, lo que fue un indicio de que había dado con algo desesperado, unos personajes que despreciando el abrasador calor, dirigían sus escuetos cuerpos hacia lo superior. Aupé de la montura y pregunté al más cercano: -¿A dónde se dirige, buen hombre? -Con una mirada profunda, distante, sólo negó con la cabeza y continuó caminando. Me sentí como un idiota al no recibir respuesta, necio como soy, acerqué de nueva cuenta y le volví a cuestionar: -¿A dónde van?-
De repente sentí algo húmedo escurrirse por mi frente: el muy cerdo me había escupido. Enfurecido, intenté golpearlo y tan solo levanté el brazo cuando ya los demás miembros de la procesión tomaron mi brazo y detuvieron mi golpe sin decir palabra alguna. De entre la mitad de la procesión surgió quien sería el líder, e hizo señas para que soltaran, luego, con un ademán llamó y me apartó del grupo de peregrinos para decir: -En esta procesión sólo yo puedo hablar. Nos dirigimos hacia nuestro destino. Únete a nosotros.-
-¿Cuál es su destino?- pregunté sorprendido -¿Llegar a un templo y rendirle tributo a Dios?- Con una sonrisa enigmática y pesando las palabras, contestó: -Algo más que eso, vamos con el mismo Dios, no preguntes más, el camino es largo y necesitarás tu saliva, así que si vuelves a hablar- enfatizó con voz lúgubre -no llegarás al final.-
Miles de ideas recorrieron mi mente en ese instante. Algo sonaba mal y era tan irresistiblemente atrayente, que no podía negar, como si una fuerza seductora hiciera rendir… ¿y si era algo maligno? No importaba, hacía tiempo que vivía alejado de Dios. Así que si era para acercarme a él o no, poco importaba. La aventura se presentaba interesante, ya que ofrecía un plus de lo que en la vida había conocido.
Asentí con la cabeza, tratando de ocultar los pensamientos que retumbaban en ese silencio, parecía como si los 21 peregrinos conocieran perfectamente lo que yo sentía. De inmediato descalcé mis pies e inicié la marcha. Comencé a observar a cada uno de mis nuevos acompañantes, todos tenían una facha extraña que los hacía distinguibles unos de otros. Unos, una barba rala; otros, el pelo largo; unos más, las uñas afiladas; otros, los dientes deformes. Eso sí, tenían algo en común: un extraño dibujo, tal vez tatuaje, no sé… Unos lo llevaban en el cuello, otros en el reverso de la mano.
La mente comenzó a divagar mientras los pies saboreaban los lengüetazos de fuego cada vez que daba un paso: ¿Y si son de una secta que adora al oscuro?, No, no creo, tal vez son de una secta cristiana que le gusta el dolor para llegar a Dios… ¿ Y el silencio?… ¿Cómo lo soportan? Habían pasado escasos minutos y yo ya quería hablar…
Además el recorrido por el que andábamos en plena sierra dio inicio al desierto, paraíso de de animales peligrosos, justo para templar el alma de quien buscase dolor.
Al cabo de unas horas nos detuvimos y gimoteaba por el ardor en los pies, poblados de ampollas sangrantes, y me asombré por mis compañeros que ignoraban con gran fortaleza ese detalle.
Pasado un tiempo, de entre sus ropas extrajeron un bolso, que contenía un frasco con agua, carne seca y unos polvos extraños.
Pasaron primero el agua, de la que bebí poco, porque pronto arrebataron la garrafa. Luego, siguió un trozo de carne, que olía algo mal. Con cierto asco, engullí el pedazo y tosí como si tuviera un pedazo de suela de zapato atorado en mi garganta. Finalmente tocó el turno a los polvos, el más viejo hizo señas de que los pusiera debajo de mi lengua. Obedecí, cosa que no debí haber hecho, porque inmediatamente, adormecí.
Sangre en el cielo.
Comencé a conducir un tenebroso carruaje tirado por bestias, acompañado de unos seres extraños armando mucho alboroto. Los muy cabrones vomitaban constantemente un líquido azul que se evaporaba y se iba al cielo tornándolo naranja… Les ordené que no lo hicieran más y solo recibí burlas y desprecio. Algo atronador sonó detrás del carruaje, por lo que de reojo turné la mirada y sentí morir.
La palabra del dolor.
Los extraños colegas fueron presas del terror, tuve que azuzar a los equinos y con fuerza jalaba las riendas a más no poder, cuando me di cuenta de que la lengua estaba muerta, comenzando a podrirse. Atrás, aquello se acercaba más y más…Sudando, desperté del ¿sueño? y todo estaba oscuro… Miré alrededor y estaba solo. Enfurecí pensando en que aquellos tipos habían drogado y abandonado a mi suerte. Al intentar gritar la peor de las pesadillas era realidad, la lengua no estaba en su sitio. ¿Dónde? Quise moverla y no sentí nada, por lo que desesperado, la busqué con mis dedos sin respuesta. Entonces y solo entonces, emití un gutural aullido, de esos, sí, de esos, de personas maniatadas en hospitales mentales y el eco devolvió cual espejismo lo mismo…
Recordé mi montura, la busqué por todos lados, bajé por unos peñascos oscuros y tropecé. Rodé varias veces hasta que detuve con la saliente de un precipicio. En ese instante, quería matar a esos desgraciados que habían dejado mi boca muda por siempre.
Los restos de la compañía.
Como pude, logré subir hacia el lugar donde había despertado… horrorizado, encontré una escena que se abrasó con ígnea magma en mi inconsciente: pedazos, pedazos, miles de pedazos rojos, goteantes, carne, carne roja sembrada alrededor mío; como si alguien hubiera molino cien vacas enteras en unos cuantos nanosegundos. Enfocando mi temblorosa visión, apareció entre dos piedras una mano arrancada de su común ubicación, los dedos presumían aún un anillo en el dedo anular. El dolor de la extirpación y el sabor a sangre impedían razonar, dar sentido y buscar una respuesta a esos bizarros y escabrosos momentos. Recargué la mano izquierda sobre una piedra para sostener mi atormentada alma, todo daba vueltas y al hacerlo, sentí un crujido seguido de un líquido tibio deslizándose entre los dedos. Acababa de aplastar un ojo. No pude más y febrilmente me desbarranqué entre las rocas.
1 comentario
Ojo no aplastado. -
¿Y luego? ¿Qué pasó entonces?
Ponlo todo de un tirón. O, no me digas que has sido víctima de la moda de las series.