Epístola para la nodriza
Fuga inexplicable…se desdobló, sí, lo logró. Escucha atento los mágicos cantos, percibe esos pétalos que no alcanza a ver y sin embargo presta atención a sus fábulas de las lejanas tierras poseedoras de molinos de viento y moriscas fortificaciones.
Las orquídeas le susurran, le explican que en ese indómito lugar, testigo de romanos asentamientos, de filósofos sefarditas y de califatos otrora dominantes, se presume la existencia de un jardín donde una enigmática e inalcanzable morocha de esplendorosos ojos, seductora de almas errantes, pasea durante los atardeceres, cuyos besos transmiten soledad helada e inconsolable.
Escucha atentamente, sonríe tímidamente con las leyendas que se reflejan y mutan con las mareas confidentes de lunas eclipsadas, desconoce la veracidad de las mismas...quién no persigue embriagarse de pócimas de amor, de vinos del recuerdo y licores del olvido?
Cuentan las orquídeas susurrantes que cabalgando hasta donde el horizonte deja de llorar, aparece este reinado plagado de enigmas y perfumado de jazmines. Primero debe embarcarse por las aguas con mareas confidentes de lunas eclipsadas, ayunar de caricias, desvelarse brújula en mano sobre la cubierta, saboreando la brisa, sí, esa brisa que arremolina y hace flotar a la musa de insensatos héroes ¡pobre inconsciente de sus temerarios actos!
Ignorante del hechizo que envuelve su ruta, continúa cruzando mares de plata, mutables ríos, cuevas iluminadas con sombras, afrancesados puentes, todo eso sin percatarse que cada latido es claramente escuchado y guardado más allá de los minaretes, custodios implacables del oasis, hogar de la nodriza.
Al pisar el jardín de las Hespérides descubre con asombro que durante su trayecto, la alquimia de la vida le devolvió la piel de cachorro y desvaríos de inocente infante, entonces y solo entonces, sus lobos esteparios se emplumaron y transmutados en aves cantoras, buscarán desesperadamente a la musa, morocha y hechicera, con la incauta inocencia del que por única vez es derretido lentamente ante unos ojos misteriosos. Bien lo dijo Baudelaire: Ô démon sans pitié! verse-moi moins de flamme!
Las orquídeas le susurran, le explican que en ese indómito lugar, testigo de romanos asentamientos, de filósofos sefarditas y de califatos otrora dominantes, se presume la existencia de un jardín donde una enigmática e inalcanzable morocha de esplendorosos ojos, seductora de almas errantes, pasea durante los atardeceres, cuyos besos transmiten soledad helada e inconsolable.
Escucha atentamente, sonríe tímidamente con las leyendas que se reflejan y mutan con las mareas confidentes de lunas eclipsadas, desconoce la veracidad de las mismas...quién no persigue embriagarse de pócimas de amor, de vinos del recuerdo y licores del olvido?
Cuentan las orquídeas susurrantes que cabalgando hasta donde el horizonte deja de llorar, aparece este reinado plagado de enigmas y perfumado de jazmines. Primero debe embarcarse por las aguas con mareas confidentes de lunas eclipsadas, ayunar de caricias, desvelarse brújula en mano sobre la cubierta, saboreando la brisa, sí, esa brisa que arremolina y hace flotar a la musa de insensatos héroes ¡pobre inconsciente de sus temerarios actos!
Ignorante del hechizo que envuelve su ruta, continúa cruzando mares de plata, mutables ríos, cuevas iluminadas con sombras, afrancesados puentes, todo eso sin percatarse que cada latido es claramente escuchado y guardado más allá de los minaretes, custodios implacables del oasis, hogar de la nodriza.
Al pisar el jardín de las Hespérides descubre con asombro que durante su trayecto, la alquimia de la vida le devolvió la piel de cachorro y desvaríos de inocente infante, entonces y solo entonces, sus lobos esteparios se emplumaron y transmutados en aves cantoras, buscarán desesperadamente a la musa, morocha y hechicera, con la incauta inocencia del que por única vez es derretido lentamente ante unos ojos misteriosos. Bien lo dijo Baudelaire: Ô démon sans pitié! verse-moi moins de flamme!
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