Un ojo me espía.
Tuve una discusión no solo por necear con Dulce. me reclamaba que "chispear" es inaplicable a lloviznar. vale. Un zambullido en el tumbaburros de la Real Academia de la lengua demostró que la primera acepción es precisamente lloviznar, ergo, funciona.
Chaltén, inhóspito Chaltén. Bastó con estirarme hacia atrás en el sillón laboral, distanciar la vista de la pantalla, cerrar los párpados y allá, en la penumbra autoinducida, la montaña me sonrió, con sus agujas tímidamente coloreadas por el espectro del amanecer, ¡Ostras! Saber que que estuve allí y gozar ahora que mi pensamiento, cual alfombra de las mil y una noches, me coloca en el privilegiado ángulo visual para fundir mi invasiva presencia citadina ante colosal encanto.
El día presentó su rostro más agotador. Partimos del caserío Chaltén no sin antes acercarnos al avituallamiento respectivo. Pan recién horneado, calientito, ese olor a cariño, a hogar, llenaba y rodeaba a la escasa clientela, nosotros.
Encaminamos nuestras huellas hacia las alturas, ganando a cada paso originales vistas de los andes, rodeados de un acompañante que nos susurraba al oído el respiro de la naturaleza: el viento.
Su frialdad nos obligó a cubrirnos lo mejor posible, y es que el cuerpo caliente y sudado por el esfuerzo y el clima a menos cero fue una combinación un tanto molesta, parte del voyage obligado que debemos vivir.
Agua, sí, Agua. El agua corriente de esas latitudes es potable, magníficamente potable y deliciosa. Agua cuya genealogía viene de miles de años de pedigrí, de congelamiento, de gotas que vieron mamuts y Neanderthales corriendo, agua que al deslizarse por la garganta llena mis sentidos y refresca el espíritu. Brian decidió evitar ese goce, desconfianza clara de los primermundistas que ya llevan varios atorones en el camino por envalentonados con la comida.
La vereda nos coquetea, a la derecha la cadena montañosa peinada con nieve, a sus pies, corre el río que ha cobrado vidas de incautos, a la izquierda, siempre asomándose el copete del Chaltén o Fitz Roy, el cual desde su posición domina los doscientos kilómetros hasta Calafate, base operativa de la que partimos de madrugada. Horas, aletargadas horas.
Una amiga me narró las interminables horas de trasladarse en camión de un lado a otro en los confines del cono sur. Pasé por lo mismo, apoltronado en el sillón del Autocar, escuchando a azafato ofrecer juegos de azar a los pasajeros y me decepcioné cuando el premio de un vino mendocino no acabó en mis manos, sino en las de una chica abusada con la lotería.
El viento no susurra, nos canta ahora, nuestras palabras se funden en él y nos devuelve esa soledad que muchos evitan, esa soledad que solo la Patagonia ofrece a sus moradores, además, nos previene de probable llovizna en las alturas.
¡Patagón, vaya historia! Cuenta la leyenda que algún explorador primerizo se encontró una descomunal huella humana y haya sido integrante de Mapuches, Tehuelches, Yamanas, Selk’nam u Onas, por el discreto tamaño de la misma el tipo sucumbió ante sus autóctonos reflejos literarios y llamó ¡Patagón! al humano que osó plasmar la planta de su pie en esas extremas áreas planetarias. Lo demás, es costumbre gentilicia como ya sabemos.
Chispea, ¡en el extremo sur eso sí que cala! miniagujas se clavan en la cara, cual benigna acupuntura que en este sillón me recuerda el seguir vivo, el necear con chispear y a mi amiga en el bus mirando la tundra mientras se dirige al Buenos Aires querido.
Levanto los párpados, la computadora sigue allí, con el excel mostrando sus 64 mil líneas, esperando que me fusione en él. Lo evito. Ese frío arroyo dejó sabor en mis labios, y ahora que salgo de la fábrica, caen unas pocas gotas intermitentes sobre mi rostro. Sonrío, chispea.