Das Meer
A lo lejos, sobre la playa yacía un bulto negro, desparpajado, inerme. Una persona del autobús turístico, tomó sus miralejos, tosió un par de veces, enfocó y detuvo el aliento un par de segundos, quizás tres. El objeto dejó de ser un bulto para transformarse en una húmeda gabardina que presumía dedos y cabello despeinado. Era un hombre probablemente herido o muerto.
A gritos pidió al chofer detener el autobús, aclarando su descubrimiento que más tarde postearía en alguna red social de la web como una inolvidable anécdota.
Varios bajaron y corrieron entre las piedras, arena y basura hacia el inerte cuerpo con la esperanza de ser héroes y salvarle. Respiraba aún, entonces ni tardos ni perezosos lo tomaron en sus brazos y llevaron hacia el chiringuito más cercano para tratar de reanimarle. Una femenina mente práctica pidió una ambulancia, que a pesar de lo accidentado de la península, arribó antes de lo esperado. Para ese entonces el náufrago había abierto los ojos y tosido, demostrando que aún quedaban años que existir. De unos 38 años, complexión delgada, ojos brillantes y tristes a la vez.
Quizás el calor, el agua salada, los golpes sufridos, no le permitían hablar. Carente de identificaciones, de dinero, solo se limitaba a atesorar con los ojos el mar, a pesar de los esfuerzos de los enfermeros y médicos porque les prestase atención. Su mirada mostraba un áura de desenfado, nostalgia profunda.
Hospital, alimentos, curaciones. Pasaron un par de semanas y seguía sin emitir palabra alguna, hubo quienes intentaron el lenguaje de los sordomudos pero él no prestaba atención y solamente comía para inmediatamente terminado, tomar una silla, colocarla frente a la ventana y sentarse a disfrutar del mar toda la tarde, siendo que a veces, meneaba tímidamente la cabeza al ritmo de las olas cuando hasta allí escurría el murmullo de lo inmenso.
En ocasiones de tormenta se acercaba con ansiedad, abría más los ojos y admiraba los quejidos del trueno, la danza de las nubes, el olor de la tormenta.
Por razones humanitarias el director del centro médico cedió una habitación para él solo, al mismo tiempo que su foto aparecía ya en los periódicos locales solicitando ayuda para identificarlo y para secretamente deshacerse de él. Por otro lado, las enfermeras estaban encantadas con el desconocido, sin tener una remota idea siquiera de las sorpresas que guardaba para sí el misterioso náufrago de un navío jamás siniestrado.
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OjO -