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DUNKELSEELE

despistado

despistado

Vagando por la vía Appia en busca de las palabras lapidatorias que me llevasen a la cruz, se presentó ante mi una perfumada higuera cuyo inefable aroma me transportó a otros lugares, de héroes sin oportunidad, de encrucijadas a ningún lado. Tomé lo que traía conmigo, miré hacia ti en ansiosa espera eternizada por una respuesta. Nada. inacabables volúmenes de libros advierten sobre los efectos de deshojar margaritas, de redactar poesías, de hurtar mieles de panales, de danzar bajo la lluvia, de beber coca cola, de acariciar mejillas, de irreconcilables miradas, de volver hacia atrás la vista, de despedidas en estaciones de tren, de quiromancia, tarot y garrapinados en Montevideo, de tacos callejeros y de montar sin ensillar al caballo. Todo eso transcurrió en menos de que un colibrí, esos que abundan en Iguazú, aletease una sola vez. Aspiré de nuevo los frutos de la  higuera, evocando lo primero que mi mente dictase, trayendo conmigo ese gorgoteo del mate recién cebado, el tic tac de mi despertador, acordes de algún Werk Mozartiano, leves mordidas juguetonas y húmedas de la mascota casera.

Revolviendo los sentidos, decidí que era el momento de abandonar el juego. Las posibilidades gambeteaban mi fortuna,  Alea jacta est, "resista companero". Caminé, demonios que si no caminé, seguí hasta encontrar la esquina donde Djema el Fna golpea con furia a quienes por primera vez presencian su generoso escote. Ahí estaban todos, cada cual en su papel, el encantador  de serpientes, el mono cuasi limosnero, el fresco olor de naranjas, especias, sudor y carne, sí, carne freída y hasshiss. Todo un quilombo de figuras elementales que encuadraban entre la dama del tarot, el tragafuegos, el carterista, los chiquillos pordioseros, el turista japonés, los danzantes y los tatuajes de henna. Decidí entonces, plasmar por  primera y única vez, el misterioso signo en un brazo.

El shaman huichol sabía todo desde un principio. No bastó el serpenteante camino por el desierto, ni siquiera esas interminables horas fusionado mi trasero en el asiento del autobús para que mi terca alma se diese por vencido. Si la medicina me esperaba, no habría problema en obtenerla. Oh, gran sorpresa!! No era el momento, la alineación planetaria de mi constelación andaba de paseo, digamos eclipsada por algún concierto de cuasares, chale. Todo lo que obtuve fue el signo que el shaman dibujó en la volátil arena de Real de Catorce.

Catorce...quince, dieciséis catacumbas visité en Roma, la via Appia está rebosante de esos lúgubres escondrijos para primitivos dibujantes de peces. San Sebastián presume su catacumba milenaria.

Es ya sabido que los chinos no miden su histórico paso por centurias, sino por milenios, queda caro su poderío cabalgando los tiempos cuales jinetes apocalípticos arrasan por donde pasan, sus vecinos koreanos no se quedan atrás, sus navíos son tan rentables que Pasaia debió mudarse al abandono, al recuerdo lejano de glorias enaltecidas por gente como Elkano. Viene a mi mente el dominical paseo por la playa de la Concha en San Sebastián, testiga vía de mis desvaríos juveniles al beber el elixir de la vida casi al punto de no retorno. Cuántas estrellas se habrán extinguido en el vacío sideral en estas escasas catorce vueltas al mundo? Cuánto navíos encallaron en estrecho de Magallanes? Cuántas higueras dieron sus frutos en el rancho, acá donde aprendí que jinetear potros sin ensillar no es cosa de ninos? Cuántos mantras fueron entonados en el templo del amanecer, allá, a orillas del inmundo río Chao Praya? Cuántas fortunas fueron leídas en manos de incautos, por quirománticas de Harvard? Cuántas cartas retrasadas cambiaron carinosos destinos y cuántos mensajes recrearon una vez, sí, una sola vez más, la llama esperanzadora?

 

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